A lo largo de la historia ha habido partidos tensos, broncos e incluso violentos. Uno de los más recordados es el que disputaron Chile e Italia en la fase de grupos de la séptima edición de la Copa del Mundo y, que es recordado como la Batalla de Santiago.
Aquel 2 de junio de 1962 se dieron cita en el Estadio Nacional algo más de 66.000 espectadores para presenciar en directo el duelo entre la anfitriona y una “azzurra”, siempre candidata al título.
Hubo de todo menos fútbol y, la policía tuvo que intervenir en varias ocasiones para que la cosa no llegase a mayores.
Os preguntaréis cuál fue el motivo de aquellos niveles de inquina entre dos selecciones sin una rivalidad histórica muy marcada, que de hecho hasta aquel día no se habían enfrentado ni una sola vez en partido oficial.

Por la boca muere el pez
Todo empezó durante el proceso de elección para la organización del Mundial en el que varios periodistas criticaron, llegando al insulto, al país andino. Aquellas palabras no cayeron en saco roto y cuando el bombo emparejó a ambos conjuntos, los periodistas chilenos se encargaron de calentar sobremanera el choque.
A sabiendas de la hostilidad con la que serían recibidos se rumoreó que la estrella italiana Omar Sívori se negó a ser de la partida. Sus compañeros saltaron al césped de aquel abarrotado Estadio Nacional lanzando claveles blancos en son de paz, pero ese gesto no iba a apaciguar los ánimos de un público enfurecido. Era más que un partido de fútbol. Estaba en juego el honor de una nación.
A los 12 segundos el conjunto chileno ya había cometido la primera falta y en el minuto 7, Ken Aston expulsó a Giorgio Ferrini por un violento golpe al delantero de «La Roja», Honorino Landa.
Inicialmente el centrocampista italiano se negó a abandonar el terreno de juego, provocando la primera intervención de la policía en el partido.

Tangana va, tangana viene
En el 38’ a una entrada de Mario David, Leonel Sánchez respondió propinándole un puñetazo. Ambas acciones quedaron sin sanción por parte del colegiado, que si expulsó al primero de ellos al filo del descanso tras propinarle una patada voladora en el cuello al atacante chileno. Violencia en estado puro.
Ante 9 jugadores los locales aprovecharon el segundo tiempo para imponer su juego. Llevándose el gato al agua tras sendos goles de Jaime Ramírez y Jorge Toro en el 74’ y 88’ respectivamente.
El resultado aseguró el pase de la anfitriona a la siguiente fase. Pocos recuerdan eso. Aquel día no hubo fútbol. Patadas, agresiones y tanganas por doquier fueron el caldo de cultivo del partido que pasó a la historia como uno de los más violentos de la historia.
La Batalla de Santiago fue la guinda al Mundial más bronco que se recuerda, dejando un reguero de lesionados partido tras partido.
Ante tal situación la FIFA decidió tomar cartas en el asunto. Hubo reuniones de urgencia y lluvia de ideas para tratar de frenar aquella violencia desaforada y los malos arbitrajes que tuvieron lugar durante todo el torneo.
De forma totalmente casual el árbitro de aquel infausto partido dio con la tecla. Observando un semáforo mientras conducía se le encendió la bombilla para diseñar el sistema de tarjetas amarillas y rojas que serviría para castigar la dureza de las acciones sobre el verde y, que se utilizó por primera vez en el Mundial de 1970.



