Dulces recuerdos de la infancia

Para celebrar el Día de Reyes os queremos traer un regalo lleno de nostalgia, rememorando aquellas tardes de fútbol callejero de nuestra infancia.

Nos hacemos mayores y seguramente nos vayamos pareciendo cada día un más poco a los abuelos que decían “ésta loca juventud”, cuando aún éramos imberbes. Sin ánimo de adoctrinar, en este sentido, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Pasabas las noches pensando en el partido del día anterior, las clases deseando que tocase la bocina para salir al patio. Muchas veces la marabunta era tal en el recreo, que había chavales que ni veían el balón en todo el partido.

En 1997 nos lo preguntaba la carátula del primer disco de Molotov. Pues bien la respuesta está aquí. Dos décadas después, los niños y las niñas, son más bien indoor y con gran adicción a las “maquinitas”.

Triste pero cierto. Los recreos se llenan de chavales sentados o apoyados en barandillas con el último modelo de Smatphone, y, en muchos colegios ya no vemos el clásico jolgorio del partido del recreo.

Partido de fútbol callejero

Partido de fútbol callejero (Fuente: http://magazinefc.com)

Las porterías solían ser de lo más rudimentario. Dos sudaderas o dos piedras separadas por unos cuantos pasos y danzando.

Si había algún manitas, incluso te la podía hacer con palos y cuerdas, en aquellos adorados descampados de nuestra infancia. En los partidos callejeros, tener un larguero era un privilegio no al alcance de todos.

Oasis futbolero en un desierto de tecnología

Durante aquellos dulces años de infancia, odiábamos el clásico cartel de “prohibido jugar a la pelota”. Pero seamos sinceros. Nos lo pasábamos por el forro. Más de un castiguito nos ha costado jugar en la comunidad de vecinos que no debíamos ¿Verdad?

Siempre andaba el “viejales” que nos tenía entre ceja y ceja. Pero todo daba igual. La pelota mandaba. Era verla correr por el asfalto y algo te nacía por dentro. Algo imposible de frenar. Tenías que darle un puntapié.

Hoy queremos rememorar esas heridas, raspones, ropa rasgada, arreglada con coderas y rodilleras. Las broncas de mamá por llegar tarde a cenar. Todo daba igual, lo único importante era la pelota y ese partidillo, en el que no te jugabas nada, pero en realidad te lo jugabas todo.

No hablemos ya si la chica que te gustaba estaba rondando por allí. La motivación era desmedida. Igual no te estaba haciendo ni caso, pero tu corrías con más ímpetu que los profesionales en un Clásico.

Cartel prohibido jugar al fútbol

Cartel prohibido jugar al fútbol (Fuente: www.koalie.net)

Disciplina a la vieja usanza

Había pocas reglas, pero había que cumplirlas. Sin excepción. Antes de comenzar se elegían los miembros de cada equipo, por la técnica de pares o nones. Nadie quería ser portero, por lo que el último en ser elegido, se tenía que someter a tamaña tortura.

Si se había acordado antes, cuando tu equipo recibía un gol, todos tenían que correr a tocar el larguero. El último en llegar tenía el dudoso honor de ser el nuevo guardameta.

La Ley de la Botella. Más que una norma era un Decreto Ley, de muy escueto pero estricto mandamiento: quien la tira va a por ella. Sea donde sea, aunque la pelota se hubiese enredado en matorrales o tuvieses que saltar la valla de turno.

Otro clásico de la normativa era el: de portería a portería guarrería. A menos que estuvieses jugando un campo a campo. En cualquier tipo de encuentro estaba muy mal visto eso de que el portero intentase marcar con una lanzamiento desde su propia meta.

Tampoco podemos olvidar el “trallón”. Esto iba para los más peques del campo, eran “azucarillo”. Si les había tocado ponerse bajo palos, no podías abusar sacando tu potente disparo a relucir. Se respetaba a la gente hablando así llanamente.

 

Según los integrantes de la cuadrilla, si no daba para un partido se podía jugar un fútbol regañado (individual o por parejas).

Con la llegada del nuevo siglo llegó la versión de la jaula (puesta de moda por Nike). Un dos para dos al uso, con el objetivo de marcar en una mini portería.

También estaba el juego conocido “alemán”, en el que el perdedor tenía que recibir un pelotazo en el trasero del resto de participantes.

Alternativas futboleras

Para los más “comodones” o cuando no tenías ganas de actividad física, estaban las chapas. Se hacía un campo, a finales de verano te afanabas en aglutinar todas las tapas de refresco que podías y en diseñar las camisetas de las veinte plantillas de Primera División.

Un trabajo laborioso y para nada recompensado. Los más manitas las tenían plastificadas incluso. No había nada más divertido que meter ese garbanzo (balón) dentro de una caja de chicles con una tapa cortada.

Podías pasar de ganar la Copa de Europa al Tour de Francia en cuestión de segundos ¡¡Qué tiempos aquellos!!

Partido de fútbol chapa

Partido de fútbol chapa (Fuente: www.elmercaderdejuegos.es)

Los que eran más indoor se decantaban por el Pro Action Football. Un juego con el mismo espíritu de las chapas, pero con un tapete,  jugadores de plástico e imanes de por medio. Si ya eras un auténtico sibarita. Lo tuyo era el Subbuteo.

Así era el fútbol callejero de nuestra infancia. Esa esencia que se está perdiendo. No cabe duda que el FIFA mola mucho, pero aquí se forjaban “leyendas del balompié” y por encima de eso, amistades para toda la vida.

Nuestros amigos de hoy son esos que se batieron el cobre con nosotros en los descampados más inhóspitos. En los soportales prohibidos. Entre el bullicio del patio del colegio. Amigos para siempre. Futboleros hasta la eternidad.

El fútbol callejero ha forzado amistades imperecederas

El fútbol callejero ha forzado amistades imperecederas (Fuente: rincondeltibet.com)