En 1984 se vieron las caras en la final de la Eurocopa, que tuvo a los galos como anfitriones y, ambos conjuntos llegaron por caminos antagónicos hasta aquella gran cita.
Solo un milagro permitió a los españoles alcanzar la fase final del torneo. El archiconocido 12-1 a Malta.
Sin mucho brillo y con pocas estrella, como en la actualidad, solo les quedó aferrarse a la la épica y a la tradicional «Furia Española».
Ese carácter que acompañó al conjunto español desde su primer partido allá en 1920, algo que podría traducirse como «a cojones no nos gana nadie«, como herencia de los «viejos tercios».
Mientras que Francia fue un rodillo, sus rivales superaron la fase de grupos de forma agónica, tras sendos empates frente a Portugal y Rumania debían imponerse a la poderosa Alemania Federal, el coco del grupo y vigente campeona.
Contra todo pronostico Maceda dio el pase a «La Roja» con un gol épico en el 90′, con todo el dramatismo que se puedan imaginar.
En semifinales hubo que recurrir a los penaltis tras volver a empatar frente a Dinamarca y de nuevo la moneda volvió a caer del lado español.
Las dos caras de una misma moneda
La final fue ante Francia, un equipo muy potente con el mejor jugador del momento, Michel Platini.
En España la gran figura era Arconada, que había sostenido entre sus guantes al equipo en los peores momentos. El guardameta vasco era uno de los mejores del mundo en su posición y lo demostró con creces durante todo el torneo.
Mediada la segunda mitad el marcador no se había movido y fue cuando el infortunio le devolvió a España toda la suerte que le había brindado en tierras galas.
Platini botó una falta directa sin aparente dificultad para Arconada, pero se coló bajo el cuerpo del gran portero español, al que aquella jugada le persiguió hasta la retirada ensombreciendo una carrera a la altura de muy pocos.
Ni por asomo aquella selección habría llegado hasta allí de no ser por él, pero paso de héroe nacional a enemigo público número uno. Algo muy español, hacer culpables, incluso cuando no los hay.
Aquella final terminó 2-0, pero nadie recuerda el segundo gol de Bruno Bellone, con el primero ya había un cabeza de turco.
¿Para qué más?